martes, 16 de agosto de 2011

Seis meses después...Emigrantes somos.

(Mirando al Oeste desde nuestra casa, recordamos otro "lejano Oeste" donde quedan León y allí Tabuyo...)



Han pasado seis meses (y un poco más) desde que nos fuimos de Tabuyo. Ha habido suficiente tiempo como para pasar por algunas etapas personales diferentes respecto a nuestra partida, a la que podríamos llamar "emigración" Lo pongo entre comillas porque ni Rubén ni yo "procedemos" de Tabuyo, con lo cual, estrictamente hablando, no seríamos "emigrantes"...Pero...es chocante comprobar cómo, según pasa el tiempo, nos seguimos sintiendo emigrantes "de" Tabuyo. Fíjate tú. Cuando yo llegué desde Cataluña a Tabuyo, no me sentí emigrante ni eché nada de menos de cuanto quedaba atrás, sino que me parecía que era "volver a casa". Tenía su razón de ser, ya que había vivido de niña en Astorga y conocía más o menos bien esta zona. Vamos, que no llegué a Tabuyo de p. casualidad sino adrede. Pero ¿cómo explicar entonces que tampoco Rubén se sintiera en aquel entonces emigrante de Barcelona, y en cambio ahora sí se sienta emigrante de Tabuyo?

¿Os estoy liando la cabeza? La única respuesta que encontramos a esto es que, por irracional que parezca a muchos de nuestros conocidos y familiares, en Tabuyo siempre nos hemos sentido como en casa. Los dos. Podríamos decir que se debe a que el paisaje encaja bastante con nuestros gustos (los que siempre tuvimos) O porque la gente, en general, se mostró acogedora desde el principio. Tabuyo es muy "tribu", pero no es una tribu cerrada a la gente de fuera. (O a mí no me lo parece, vamos) Por lo menos en su mayoría. También podría ser que nos sintiéramos allí como en casa porque, a fin de cuentas, nos establecimos allí como pareja/hogar+niño. Rubén y yo nos emparejamos en Tabuyo, nos embarazamos y encima parimos (parí, je, je) a nuestro hijo...en la que era nuestra casa.

Con lo cual estamos hablando de vivencias cruciales que cambian la vida de una persona, que marcan su destino y que incluso pueden configurar su identidad. Del mismo modo que en el DNI de Uriel siempre figurará Tabuyo del Monte, en mi memoria de lo que significa "casa" siempre estará Tabuyo, porque allí me convertí en casita de carne para mi bebé. Una madre siempre es la primera casa de cualquier persona. Después, lo de parir en casa creo que es una cosa muy especial que te marca de por vida. Nunca vas a poder mirar igual a aquella casa en la cual diste a luz. Puedes vivir en casas setenta veces mejores, pero la casa en la que pariste siempre tendrá su puntillo especial.

En fin, que nos marchamos a mediados de febrero y pasamos la primera etapa, que consiste en la vorágine en la que te sumerges al trasladarte de punta a punta del país, arreglar la casa nueva, montar muebles, ir a Barcelona a ver a la familia, probar el nuevo trabajo, irte conectando con el pueblo, con sus habitantes, hacer papeleos burocráticos, etc. Todo eso te mantiene tan ocupado, y terminas tan cansado, que se te pasan volando unos meses en los que ni siquiera has tenido tiempo de aterrizar del todo. Sabes que vives en otra parte, pero no eres del todo consciente del cambio que has hecho.

Por eso sólo fue al cabo de los meses que notamos un cambio. Creo que fue en abril que nos dió el apretón de nostalgia gorda por primera vez. Diría que una parte de nosotros estaba tan ocupada con toda la novedad, que estaba como auto engañada, creyendo o imaginándose que este viaje era como tantos otros que hicimos, desde Tabuyo a Barcelona, para ver a la familia. Como cuando fuimos aquel noviembre para ver a la familia, y terminamos pasando dos meses allí, Navidad incluída. Pero ahora, esa parte despistada empezaba a caer en la cuenta de que, ostras, no estábamos "volviendo a Tabuyo" Esta vez no había un billete de vuelta de tren con destino Astorga. De repente nos volvimos conscientes de ya no había retorno, no había vuelta "a casa".

Recuerdo especialmente un día en que regresábamos en coche al pueblo desde la ciudad. Nos acercábamos a casa mirando un paisaje que, la verdad, tiene su punto, es pintoresco y agradable (mucha gente lo compara con la Toscana italiana) O sea, que no es que sintamos nostalgia por vivir en un antro horrible y en medio de pedregales. Pero vamos, que de repente a Rubén y a mí nos entró una sensación de estar viviendo algo absurdo, un sinsentido. Ambos (sin decírnoslo) pensamos o sentimos: "Un momento, pero ¿qué estamos haciendo AQUI?" Estuvimos callados un rato, como para no ponernos tristes mutuamente, pensando cada uno que, si no le decíamos nada al otro, esa sensación de extrañeza (y de nostalgia) se iba a esfumar sin más. "Si no lo digo en voz alta, a lo mejor consigo que ese inoportuno sentimiento no exista" Pero al final no pudimos evitarlo y lo comentamos, porque con los sentimientos el silencio no funciona. Es más, cuanto más te aguantas las ganas de decir algo, más parece que te aprieta por dentro. Refiriéndonos a la nostalgia, cuanto más la reprimes, más se te forma un nudo en la garganta, y peor te pones. Es como cuando se te muere alguien. Es mejor llorar y vivir el duelo que machacarte a tí mismo diciendo "no debería estar triste"


Cuando, poco tiempo después de ese día, comprobamos que el trabajo por el cual nos trasladamos demostró ser menos de la mitad de bueno de lo que prometía ser en principio, o más bien un fiasco, nos entraron los siete males. Nos sentimos peor que idiotas, casi como si hubiéramos sido engañados por vete a saber qué mal hado. ¿Nos habíamos trasladado para esto? ¿Tanto esfuerzo para tan pocos masajes? ¿Para terminar teniendo que recurrir, una vez más, a la ayuda familiar (la ayuda social del estado la perdimos por cambiar nuestro domicilio de comunidad) y tener que empezar a ir a Barcelona cada semana para trabajar allí? Si lo llegamos a saber...Pero era imposible saberlo. Ni en los peores pronósticos (habíamos hecho números calculando según los que más podíamos ganar, pero también según lo que menos) se veía que el famoso trabajo pudiera descalabrarse tanto. La crisis ha tenido que ver, claro, pero lo dicho: si lo llegamos a saber...


A ver, sin trabajo no nos quedamos, ya que existía, gracias a Dios, el recurso de ir a Barcelona varios días a la semana y trabajar allí. Rubén ha recuperado parte de la antigua clientela que tenía desde antes de venir a Tabuyo (ya lo dice el refrán "quien tuvo retuvo") y llegaron otros nuevos, y así vamos saliendo adelante. Como además tenemos familia allí, no hay problema. Se queda varias noches en su casa y luego de vuelta al pueblo. Pero esa no era la cuestión. Para ese viaje, como se dice vulgarmente, no se necesitaban alforjas, ya que nuestra idea era seguir en nuestra ruralidad y sin tener que andar viviendo separados día si y día no. Vamos, a poder ser. Que cuando tienes que hacer algo por cojones, lo haces (qué remedio) pero la idea no era esa. Encima, la vida aquí, en sus cosas más básicas (vivienda, agua, precios varios) es bastante más cara. Nuestra idea, que era trabajar para ahorrar, se ha ido al traste. Tanto entra, tanto sale. Seguimos viviendo al día, como en Tabuyo. No dependemos de una ayuda, de acuerdo, pero en cierto modo dependemos de la familia, y además nuestra calidad de vida es peor. Por eso, a ratos nos sentimos como un par de tontos.

En aquel momento de bajón llegué a telefonear a los servicios sociales de Astorga otra vez, preguntando si había un modo de recuperar la subvención de la Junta deCastilla y León. Porque si se podía, con ese dinero volvíamos a León y empezábamos de cero otra vez en cualquier sitio con posibilidades de curro+vivienda. Pero ya no se podía. No había vuelta atrás. Cosas de la burocracia, resulta que cambiarte de comunidad autónoma hace que tengas que empezar desde cero para tramitar las ayudas, y eso implica tener que esperar un año entero (a veces dos) desde que te empadronas en un sitio, para siquiera solicitarlas. Y de todos modos, con la crisis que está cayendo, vete a saber si las ayudas se mantendrán. Aquí en Cataluña, curiosamente, las cosas están peor que en León en ese sentido. Este verano, 30 y pico mil familias se han quedado sin la ayuda por líos de administración, ha sido un drama que ha llenado las páginas de los periódicos. En León estaban cumpliendo bien, pero tampoco te puedes fiar...

En fin, tuvimos que asumir que estábamos aquí sí o sí, y que nos tocaba apechugar con lo que nos tocaba. Nos resignamos y pasamos página. Fue como cruzar una frontera mental. Dijimos adiós a nuestra vida pasada con el pañuelito...y enfrentamos una nueva etapa aquí, ya sin las grandes expectativas iniciales, esas que nos habían entusiasmado. Creo que a muchos les pasa, que emigran "creyendo que" porque les han "dicho que" y cuando llegan al sitio se encuentran con otra realidad. Pero ya no tiene sentido ni enfadarse, porque estás ahí y se gasta energía preciosa con la rabia. Mejor emplearla saliendo adelante.

Después, nos enteramos de que quedaba libre otra casa en el mismo pueblo, que estaba mucho mejor que la primera y nos daba opción a huerta + patio para que Uriel jugara, etcétera. Fue un momento bonito y esperanzador. Pensamos que eso nos cambiaría todo para mejor, así que no lo dudamos y ¡hale! a trasladarnos ooootra vez. Otro mes y pico de cansancio, de vorágine, de muebles sin montar, de cajas por todas partes, de papeleos, de cambios y de distracción debida a las novedades. Ese fue un buen cambio. Rubén tenia una enoooorme nostalgia de la huerta, y sembrar todo ese terrenito lo llenó de ilusión otra vez, curando en parte la nostalgia de Tabuyo.

Digo en parte porque de nuevo ha sucedido que, una vez pasados dos o tres meses, la nostalgia vuelve. Ya hemos asumido que nos toca estar así, viviendo la mitad de la semana juntos, y la mitad separados. Que toca recurrir al trabajo de masajista en Barcelona, sí o sí, porque aunque el otro sigue existiendo, no nos da para gran cosa. Que estamos en este paisaje, y que ESTO es ahora nuestra casa. Pero...

Pero...Llegó agosto y de nuevo es como si cruzáramos otra frontera mental, o nos encontráramos en otra etapa. La huerta está frondosa, Uriel juega regando y "cavando", yo me he acostumbrado a la nueva rutina, Rubén sobrelleva como puede su constante deambular en coche o en tren de aquí para allá...Pero...Como digo, de nuevo nos encontramos sintiendo: "¿Qué hacemos aquí? ¡Con lo bien que estaríamos en...! Oh, mierda, ya estamos con la nostalgia" Y otra vez lo callamos, para no contagiarnos. Hasta que no podemos aguantarnos más y uno de nosotros lo suelta, lo dice en voz alta.

"¿Qué hemos hecho, Marta?" me dice Rubén a veces. Y entonces yo intento consolarle, y le digo tooodas las cosas buenas que tenemos aquí, que todo puede mejorar, etc. Le recuerdo que allí no veíamos mucha salida, que nos sentíamos atascados, que se nos terminaría la ayuda y entonces qué, etc, y él asiente con la cabeza, pero luego me dice que aquí tampoco estamos lo que se dice proyectando nada para el futuro. Que trabaja como un negro, todo para vivir exactamente igual (o peor) que allí, y encima nos ve menos y está estresado. Su lógica es impepinable, tiene razón. Pero depender de una subvención temporal tampoco era plan. Entonces él argumenta que tal vez hubiéramos podido encontrar otra cosa más adelante. Aún teníamos dos años de margen, era bastante tiempo para seguir buscando alternativas. Y ahora que tenemos coche es todo diferente.
- Sí- le digo yo- pero te recuerdo que sólo cuando dijimos que nos íbamos para Cataluña, nuestras respectivas familias se volcaron y nos ayudaron a comprar el coche, etcétera, por la ilusión de tenernos cerca otra vez. Aquí nos apoyan de otra manera. Cuando dijimos que ibamos a buscar curro en las montañas leonesas fue más bien lo contrario.
- Sí- dice él- Pero ahora es ahora y el coche ya lo tenemos.
- Ya- digo yo- Pero no tenemos manera de volver. Sin un trabajo allí, sin la subvención, y con un niño que todavía no tiene edad para ir a la escuela, no sé dónde vamos a ir. Nos toca apechugar aquí, y aún debemos dar gracias por tener un curro, porque con la crisis que hay nos podemos dar con un canto en los dientes.

Se termina la conversación. Mi lógica también es incuestionable. Pero después, ¿qué pasa? Que la siguiente discusión la empiezo yo. Un dia de los que estoy sola, que son bastantes, me voy a dormir la siesta con el niño. En sueños, me veo sobrevolando el paisaje maragato y me encuentro frente al Teleno. Está nevado y es tan precioso, tan bonito...Me inunda la nostalgia. ¿Qué hago tan lejos, por Dios, de esos paisajes que siento que son mi hogar? Me acerco volando (¡qué bonito es soñar, oiga! Y además es gratis) y me parece que el monte me llama. Veo un puente natural de roca erosionada y nevada, o de nieve, algo alucinante que no sabía que existiera (cosas de los sueños) y siento que el Teleno me invita a cruzarlo. Es todo tan precioso, tan maravilloso, el aire está tan limpio, la nieve brilla, los trozos de bosque son tan verdes... que me pongo a llorar como una magdalena. Tengo tanto dolor en el corazón...

Es el dolor del emigrante, no hay duda. Me despierto de la siesta llorando, intentando que mis sollozos (esos gemidos que le salen a uno mientras sueña, tremendos) no despierten al niño, inocente de él, que duerme a pierna suelta a mi lado. Pero cuando vuelva Rubén de Barcelona le contaré esto y volveremos a tener la misma conversación de siempre, sólo que esta vez será él quien me consuele, quien me recuerde que aquí estamos bien y que no es plan andar añorando nada de lo que quedó atrás. Y así seguiremos...

Bueno, pues eso es todo, ahí estamos. Esta parrafada se puede leer como nuestra pequeña crónica particular, pero también como una muestra de lo que sienten en general los emigrantes. Porque me imagino que sentirse dividido entre la nostalgia y la necesidad de ganarse la vida vete a saber dónde es universal. Les pasará a todos, digo yo. También me imagino que a muchos les sucederá que no es en el primer momento que echan de menos la tierra/hogar que dejaron atrás, sino al cabo de los meses. Cuando, como nos pasó a nosotros, terminen aterrizando y se den cuenta de que esta vez "no se vuelve" a casa, o no a "esa" casa. Que toca seguir adelante y en otros lugares.

En fin. Supongo que dentro de unos meses habremos cruzado otra frontera mental, y viviremos otra etapa diferente. Tal vez estemos tan integrados ya aquí, que se nos habrá pasado la morriña. O tal vez no, pero sigamos adelante...incluso con mejores perspectivas laborales, quién sabe. Lo que sí es cierto es que no ha dejado de ser curioso el sentimiento de "ser emigrantes", incluso para Rubén, que es el que en teoría tiene menos vínculos con esa tierra. Pero las cosas suceden como suceden, y no como uno elige que sucedan. Racionalmente esto no tiene mucho sentido, pero qué quieres, es así.

Pensamos muchas veces que todo hubiera sido diferente si nos hubiéramos ido, tal y como pretendimos antes, a otro lugar de León. Porque estaríamos en la misma zona, podríamos ir de vez en cuando a Tabuyo, no sé. Sería otra cosa. Fíjate tú que a veces hasta extrañamos a los vecinos. Son cosas que no te parece que las vayas a vivir hasta que las vives. Y no lo digo porque no apreciáramos a los vecinos, que claro que les teníamos cariño, sino porque fíjate que en mi caso he vivido ya muchos traslados. Tuve razones de sobra para añorar a otros vecinos, a la familia, a otros amigos...Pero lo de esta vez, no sé por qué, ha sido diferente, único. Echar de menos a los vecinos de la calle, eso no me había pasado jamás. Es para pensárselo, ¿no?

A todo esto, me parece que estaréis pronto en fiestas, si no lo estais ya. Pues felices fiestas a todos, y hasta la vista. Escribiré algo más sobre otras reflexiones (ya no nostálgicas) sobre la tribu, que he estado rumiando desde que vivo aquí.

...

1 comentario:

Marta Garcia dijo...

Me encantan sus anécdotas y sus vivencias.Mis abuelos vienen de esas tierras Leonesas y amo todo aquello por naturaleza.Mis saludos.Son privilegiados por tanta belleza que los rodea.
Marta(Argentina)